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Violencia sexual
Antonio Mercader
 

En el espejo de los horribles episodios de las últimas semanas, descubrimos, para nuestra vergüenza, que aquí también padecemos la lacra de los delitos sexuales.
La muerte de Pamela en Maldonado obró como una señal para que brotaran denuncias en todo el país. Abusadores encarcelados, familiares cómplices y vecinos que se dicen recién enterados de lo que ocurría, mostraron una realidad hasta ahora no advertida en toda su dimensión. Una realidad plasmada en una serie de casos tenebrosos: desde el de la bebita violada y muerta en Artigas hasta el de la montevideana Valentina, víctima de su propio padre, con quien engendró tres hijos en una situación no muy distinta a la creada por el ogro austríaco Josef Fritzl, protagonista de una historia que conmovió al mundo.
Se oyó decir que esas cosas no pasaban en Uruguay, que eran el fruto de sociedades opulentas y quizás decadentes, o de países lejanos y semisalvajes. Error.
Descorrido el velo, saltan las estadísticas que delatan cientos de denuncias anuales con dos rasgos: la mayoría de los agredidos son menores y los victimarios suelen provenir del núcleo familiar de sus víctimas. Según Ricardo Pérez Manrique, ministro del Tribunal de Apelaciones, casos como el de Valentina “son más comunes de lo que parece, sobre todo en el interior del país”. Menos comunes son los intentos de hacer justicia por mano propia como los registrados en Maldonado o el linchamiento consumado en Tacuarembó contra un padre cómplice de la violación de su hija. Hechos bárbaros, pero reveladores de cuan fuerte fue el shock del destape de la violencia sexual en Uruguay.
La indignación debe canalizarse por otras vías. Una es alentar a las víctimas a denunciar su drama y darles garantías de atención y respeto durante el proceso policial y judicial. Otra es ayudar a perforar los entornos de intimidad, o sea lograr que aquellos que saben y callan hagan las denuncias. ¿O acaso nadie en la familia o en el barrio sabía lo que pasaba con Pamela o Valentina?
Tan necesario como evitar que todo se barra bajo la alfombra es una mayor prevención por parte de las autoridades, lo que incluye no perder de vista a excarcelados con antecedentes de violencia sexual pues se conoce su tendencia a reincidir.
Hay otras acciones. Bajo el lema “Uruguay protege a sus niñas, niños y adolescentes”, el INAU prepara una campaña contra la explotación sexual infantil, que es parte del problema. El ministerio del Interior y la policía, hoy más preocupados por estos delitos, deben corregir anomalías como las diez llamadas de Pamela que no dejaron rastro, o la frustración de Valentina cuando años atrás denunció en una comisaría a su incestuoso padre y nadie le creyó.
Y por encima de todo la educación, la formación en valores que alejen de la mente de los adultos la propensión a las conductas aberrantes y acorralen a los abusadores a quienes debe perseguirse por encubiertos que estén o por poderosos que sean.
Por coincidencia, un ejemplo actual de esa actitud vigilante lo ofrece la campaña de organizaciones femeninas latinoamericanas en repudio a nuestro huésped, Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, denunciado ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos por su hijastra, por violación reiterada. En el Foro de San Pablo que acaba de reunirse en el Parque Hotel, poco antes de la llegada de Ortega, se repartieron volantes reseñando este caso de violencia sexual que aún clama por justicia.